A veces escucho afirmaciones tan tajantes como que “no queremos a los niños en las aulas” o que las aulas específicas “son una exclusión” o incluso una “muerte social”.
Decir que las aulas específicas existen para aislar es desconocer completamente su razón de ser. Estas aulas no nacen para separar, sino para dar respuesta educativa a niños que, en determinados momentos, necesitan un entorno con menos carga sensorial, con más estructura, más calma y apoyos intensivos. Y no porque “no puedan” estar en otros contextos, sino porque estar sin los apoyos adecuados puede ser tan excluyente como apartarlos sin motivo. Tenerlos en el aula únicamente ocupando un espacio físico es tan excluyente o más que sacarlos, pero claro este discurso no interesa a según que sectores que viven de vender determinados productos.
De hecho, cada vez vemos más una tendencia preocupante: una inclusión forzada, que se reduce a colocar al alumno físicamente dentro del aula ordinaria, aunque no cuente con los apoyos, adaptaciones o tiempos necesarios. Y claro que no pasa en todos los casos, pero cuando sucede, las consecuencias son reales: desregulación, dificultades de comunicación, conductas que expresan malestar, sobrecarga para el grupo y, lo que más duele, niños que se “pierden” dentro de su propia aula sin que nadie llegue a verlo.
Frente a eso, un aula específica puede ser, y muchas veces es, una medida de protección, un lugar donde el niño encuentra herramientas para participar mejor en los entornos compartidos. Muchos de nuestros alumnos combinan tiempos en el aula específica con momentos en el aula ordinaria: asambleas, rincones, talleres, recreos, actividades conjuntas… Nada de “muerte social”. Son niños acompañados según sus necesidades, que es exactamente lo que debería ser la base de cualquier enfoque inclusivo.
Lo que más me preocupa es que, en algunos discursos, la inclusión se reduzca a una especie de “integración física”, como si todo se resolviera con que el niño esté sentado en el mismo espacio que los demás. Pero la inclusión no es una silla: es bienestar, es participación, es aprendizaje real, es disponer de apoyos adecuados. Y es, sobre todo, reconocer que la neurodiversidad no se puede meter en un molde rígido. No todos los niños necesitan lo mismo, ni al mismo tiempo, ni de la misma manera.
Por eso duele cuando se cuestiona a quienes trabajamos con ellos día tras día, en lo bueno y en lo difícil. En los días divertidos, en los días complicados y en los días en lo que todo fluye. Cuando se nos presenta como si no quisiéramos a nuestros alumnos, cuando precisamente somos quienes recibimos sus abrazos, sus avances, sus frustraciones y también sus mañanas moviditas. Quienes estamos con ellos años y años. Con ellos, no solo hablando de ellos. Mientras otros desde la distancia ya sea con un micro en la mano o escribiendo un libro, artículo o similar, solamente habla de ellos, desde lejos.
Las aulas específicas, bien gestionadas, no limitan la inclusión: la favorecen. Permiten un equilibrio razonado: tiempos en aula ordinaria, tiempos en aula específica, apoyos flexibles según el momento y el estado del niño. Esto reduce el estrés, favorece la generalización de aprendizajes y facilita una participación más auténtica en la vida del centro. No se trata de dogmas ni de modas, sino de realidades educativas.
Por eso, me parece injusto y profundamente simplificador afirmar que destinar recursos especializados “es una forma amable de excluir”. Lo que de verdad excluye es negar esos recursos. Y negar la enorme variabilidad que existe dentro del espectro. Así es como se pierde de vista que algunos niños necesitan apoyos especializados para poder participar, no para separarlos.
Y termino con algo que considero esencial:
Hablar de inclusión no puede hacerse desde eslóganes. La verdadera inclusión se construye con relaciones humanas, con oportunidades reales, con apoyos suficientes y con una respuesta educativa ajustada a cada niño. No con la ubicación física. No con generalizaciones. Y no con discursos que juzgan sin comprender.
Si alguien defiende que los niños deben quedarse sin los recursos que necesitan —incluidas las aulas específicas— está en su derecho de pensar así, pero desde luego está EXCLUYENDO A UN MONTÓN DE NIÑOS/AS, tengo bastante claro algunos de los responsables de las situación actual, inclusión forzada, reducida a integración física y sin recursos. Ese sector vive de eso.
El sector criticado, vivimos trabajando con esos niños/as. Que tristeza leer artículos como ese.
Feliz fin de semana, compañeros/as, familias… continuamos, trabajando desde la realidad que se desarrolla DENTRO DE LAS AULAS.
Un saludo: Belinda











